Taller Literario de Motivación a la Escritura
Agustín Monsreal

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Carmen Simón Mario Levrero Agustín Monsreal
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Agustín Monsreal

Inicia su carrera literaria con la publicación del libro colectivo 22 Cuentos 4 Autores (Punto de Partida, UNAM, 1970) y con la obtención del Premio Nacional de Cuento patrocinado por el INJM.

               En 1978 es finalista del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con el libro Canción de amor al revés (Ed. La bolsa y la vida, 1980) y se le otorga el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí por el volumen Los ángeles enfermos (Ed. Joaquín Mortiz, 1979)

               En 1982 es galardonado en el XIV Certamen Nacional de Periodismo por su columna Tachas del periódico Excelesior. Y en 1987 también obtiene el premio Antonio Mediz Bolio con el libro La banda de los enanos calvos (Ed. Lecturas mexicanas No. 83, Segunda Serie, 1987).

               Agustín Monsreal (Mérida, Yucatán, México, 1941) también tiene publicados los títulos de poesía Punto de fuga (Cuadernos de Estraza, 1979), Cantar sin designio (Ed. Col. Molinos de Viento, Serie mayor, Poesía, UAM, 1995) y de cuentos cazadores de fantasmas (Ed. Práctica de vuelo, 1982), Sueños de segunda mano (Ed. Folios, 1983), Pájaros de la misma sombra (Ed. Océano, 1987), Lugares en el abismo (Ed. García y valadés, 1993), Infierno para dos (Ed. Textos de Difusión Cultural, Serie Rayuela, UNAM, 1995), Diccionario de Juguetería (Ed. Aldus, Col. La Torre Inclinada, 1996), Las terrazas del purgatorio (Ed. Plaza y Janés, Col. Ave Fénix, 1998), Tercia de ases (Ed. FCE, Col. letras mexicanas, 1998) y Cuentos para no dormir esta noche (Ed. Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, Col. Hojas Literarias, Serie Cuento No. 27, 1998).

               Son famosas sus cuatro columnas de cuento semanal escritas en el diario Excelsior: Tachas, Gato encerrado, Barril sin fondo y Purgatorio, la de cuento de Revista de Revistas y la de Varia Invención en La Culultura en México. Colaborador habitual de revistas y suplementos culturales, traducido al inglés y francés, este autor forma parte del Consejo de Redacción de las revistas El Cuento, Tierra Adentro y Fronteras, además del Concilio de Ficticia.

               En 1971-72, es becario del Centro Mexicano de Escritores; por más de 25 años dirige uno de los talleres de cuento más importantes de México; en 1996 se le vuelve a otorgar el premio Antonio Mediz Bolio, en esta ocasión por su trayectoria literaria; y en 1998 se instituye en la Ciudad de Mérida el Premio Nacional de Cuento Agustín Monsreal, el cual, por su magnífica acogida, se instituye a partir del año 2000 como Premio Iberoamericano de Cuento Agustín Monsreal.

               Desde 1996 es miembro del Sistema nacional de Creadores de Arte, y en 1999 es galardonado con la medalla Yucatán, máxima distinción que otorga el gobierno del Estado de Yucatán. 

CARTA ABIERTA A UN AMOR DE TODA LA VIDA
Agustín Monsreal

¿A quién de la innumerables tú que eres dirijo mis palabras, si eres tan vasta, tan múltiple, tan ilimitada? Si eres, para decirlo de manera semejante a quien muestra una pobre bandera de rendición, un río de Heráclito, una prueba de la relatividad, un cosmos inconmensurable. Sé que posees un origen, pero no sé de dónde vienes, ni cuántas generaciones de dioses y de hombres perduran en el clamoreo vertiginoso de tu sangre. Sé que tienes una edad, pero también que eres eterna como el tiempo, como el silencio de la noche, como el universo. Sé que mis brazos, mis pupilas, mi boca, te pueden pesar y medir, pero no merodear siquiera una constancia de tu esencia. ¿En qué víscera, en qué clavícula, en qué tejido de tu piel habita tu alma? ¿Cuál de todas tus sombras es tu sombra? ¿En cuál de tus desnudeces estás tú; en cuál de tus imágenes en el espejo? Siempre nueva, recién llegada siempre, te abres a mí con una antigua costumbre y no alcanzo a precisar si te alojas en mi vida desde ayer, o desde un día de hace trece meses, o desde hace veinte años. ¿Comprendes ahora por qué, siendo tan feliz a tu lado, la infamia de la desdicha no me deja vivir?

            No, mi amor, no me perteneces íntegramente, tal como deseo y como sueles afirmar, convencida. Tu cara jamás ofrece la suma de sus lados a mi mirada. Tu cuerpo es cada instante sólo una parte de tu cuerpo. Cuando dices que eres mía por entero, no sabes que mientes. Ignoras que no obtengo de ti sino fragmentos. Nunca me es posible amarte completa. Si veo el aplomo de tus pechos, no me es dado contemplar tu espalda; si acudo a la dulcedumbre de tus labios, me pierdo de besar un surco, un músculo, mil poros. Tu olor es diferente de éste a aquel rumbo de tus muslos. Alguna ocasión me asomé a las raíces de tus dientes, y mis dedos te han tocado lo que mis ojos no pueden ver; sin embargo, no conozco tus riñones, no sospecho la trama de tu pleura; no adivino la textura de tus vértebras. Oigo la pluralidad de inminencias, de presagios, de designios, que conforman el sonido de tu voz; mas no escucho el ruido de tus nervios, el íntimo prodigio de tus uñas que crecen, las premuras incanjeables de tu cerebro. (¿Qué soy en ti, quién soy para ti cuando enmudeces, cuando te exilias en la patria trémula de tu memoria, cuando te ensimismas, cuando sueñas?)

            Es insufrible, amor. Un vestido, la forma de un peinado, te modifican. La más leve emoción cambia el color y el apenas perceptible acomodo de tu semblante. Bajas los párpados y ya no eres la misma. Descubres una axila, una sonrisa, y ya eres otra. Doblas una pierna y tus rodillas, aunque idénticas, dejan de ser iguales. Los líquidos, los limos que emanas y que bebo, nunca me impregnan lo mismo. No me explico cómo tu lengua, en una sola caricia, puede ser tan fervorosa, tan consistente, tan cruel; tampoco logro explicarme esta rabiosa inutilidad que me impide reverenciarte con mi carne por tus dos santuarios a la vez. Te amo, no obstante. Y, al amarte, amo en ti a una desconocida siempre distinta, a una fugitiva infinita. ¿Comprendes ahora por qué, a pesar de tanta felicidad, soy tan desdichado?

P. D. Esta carta que he escrito no ha de ser la misma que leas. En todo caso, perdón. El yo que empezó a escribirla tampoco es el mismo yo que la termina.

VENTANA ABIERTA AL MAR
Agustín Monsreal

Caminaba por la playa mirando hacia el fondo de la tarde, vagamente abandonado y apacible, casi podría decirse que despreocupado. Hacía una temporada más o menos larga que no percibía aquel sonido que lo torturaba. Se encontraba ya en la etapa final de la convalecencia y, si no fuera por esa suerte de amargura que en ocasiones le oscurecía el rostro, cualquiera se atrevería a firmar que estaba completamente recobrado. La última vez que escuchó el canto se precipitó al mar haciendo añicos los cristales de la ventana, y se salvó gracias a que en esos momentos los pescadores de la isla regresaban de su diaria labor. Un buen tiempo lo pasó postrado víctima de violentos ataques febriles en los que siempre repetía que le sacaran esa voz que le brotaba del centro mismo del cuerpo, y que cantaba y cantaba, que furiosa, insoportablemente cantaba. Ahora se restablecía dando paseos por la playa, pescando al amanecer, jugando las cartas por la noche con sus camaradas y recordándola a ella, recordando su expresión de lejanía y tristeza, sus cabellos lacios y claros. Ella. ¿Volvería a verla algún día?

La cuestión de la voz empezó la mañana en que fue conducido por sus padres a la morada de un anciano familiar, el cual, según decían, era un hombre sabio. Lo llevaron allí porque mostraba un comportamiento peculiar, y la víspera apenas si alcanzaron a frustrar su intento de arrojarse a la calle por la ventana. La casa del anciano era cegadoramente blanca en su exterior, y amplia, acogedora por dentro. Lo dejaron abrir todas las puertas y andar por todos los corredores y aposentos sin acecharlo ni reconvenirlo a cada instante, como acostumbraban.

En la habitación que juzgó sería la sala, por la disposición del mobiliario, descubrió, sobre la repisa de la chimenea, una sorprendente botella verde que contenía una nave argiva a escala en su interior. Le causó tal extrañeza el objeto que prolongó su estatura por medio de una silla para examinar de cerca los detalles, y como no le bastó con eso, trepó a la repisa. Durante largo rato estuvo recorriendo la superficie del vidrio, palmo a palmo, sin lograr hacer una brecha de luz en el misterio. Cuando advirtió que había oscurecido y que por lo tanto estaba próximo el momento de la partida, se decidió a quitar el tapón de corcho que mantenía clausurada la única posible vía de acceso al enigma; al destaparlo, una terrible voz femenina le martirizó los oídos y lo obligó a soltar la botella. Cayó entonces estrepitosamente al piso sin sentido.

Cuando volvió en sí (allá lejos, el techo, inestable y borroso al principio; aneblado y sólido como una amenaza, después), se encontró acostado en un diván, vigorosamente amarrado. Recortadas contra la profundidad gris de un ventanal, tres siluetas inmóviles murmuraban palabras apesadumbradas y bajas. En cuanto notaron que había recobrado el conocimiento, sus padres salieron de la estancia sonriendo torpemente y el anciano se acercó, sosteniendo entre sus manos la miniatura liberada de su frágil prisión. Grave, ensombrecidamente le dijo: "A partir de ahora, el orden de tu vida será de continuo alterado mientras no sepas hallar una botella similar a la que has roto y consigas introducir en ella este navío". Y tras una pausa amarga, trabajosa, espesa, concluyó: "Así está decretado". Desató las ligaduras que lo sujetaban y le entregó la diminuta curiosidad de madera. Y él ya no retornó a la casa de sus padres (los largos corredores de su infancia, los muros llenos de murmullos, los múltiples escondrijos colmados de habitantes secretos). Esa misma noche lo trasladaron al albergue de la isla, donde quedó al cuidado de un grupo de personas cariñosas y afables que lo presentaron desde luego a los compañeros con quienes conviviría.

Allí conoció, durante una de sus jornadas solitarias, a la muchacha que tenía una inalcanzable expresión de tristeza en la mirada. No la había visto sino una vez; una solamente, sentada sobre una roca revestida de musgo, con las piernas recogidas, refugiadas en una dócil postura de nostalgia; con los labios vibrando en una especie de invocación anhelante, de íntimo lamento que buscara hacer eco en la distancia; y, como en una ceremonia mil veces celebrada, sujetando en trenzas el viento lacio y claro de su cabellera. La contempló en silencio, llenándose de ella los ojos y el pensamiento, hasta que consideró peligroso que permaneciera en ese lugar, ya que la marea subía casi de golpe en esas horas vesperales. Fue entonces a su encuentro y la ayudó a descender. Era hermosa, suave y dura a un tiempo, como el agua. Se entrelazaron por la cintura y, sin hablar, echaron a andar por la franja de arena tibiamente desnuda, mojados los pies con los arrestos últimos de las olas murientes. La tarde, que languidecía lenta en la línea reposada del horizonte, se envolvía con los aires viejos e inubicables de los grillos -cómo endulzan los grillos con su enjambre de aires viejos el infinito repetido de los anocheceres. Cuando ella dijo que debía retirarse (no quiso confiar a dónde), él le preguntó si la vería al día siguiente y ella respondió que no. Sabía, aunque ignoraba el origen de su conocimiento, que él pasaría un tiempo muy grande en el mar, un tiempo que llegaría aparecerles tan vasto como el mar mismo, pero que finalmente volverían a reunirse. Ella sabía aguardar. Trenzaría y destrenzaría una vez y otra sus cabellos, una tarde y otra tarde y otra, hasta que él regresara. Al despedirse, entre los rescoldos del ocaso, quedamente se dijeron hasta entonces.

En ocasiones, llevado de la mano por ese laborioso régimen de sol y brisa marina a que era sometido sin dejárselo sentir, lograba que los pasados sucesos -la nave y la voz y la botella- durmieran un sueño que casi parecía el del olvido. Pero siempre llegaba a despertarlo, de manera violenta, aquel sonido impiadoso que lo corroía, aquel canto que le devastaba los sentidos y lo obligaba a arrojarse contra las ventanas en inútiles pretensiones de fuga. Por eso se dio a buscar con avidez desesperada la forma de vidrio verde que lo redimiría de la obsesión; por eso su mirada semejaba un faro infatigable, una ansiedad en perpetuo estado de alerta. Calladamente infeliz, confuso y desesperanzado, llegó a imaginarse condenado a sufrir la vana búsqueda eternamente, y las ventanas, el infierno que representaban en su soledad las ventanas. Ahora convalecía de la última vez deambulando por la playa, abandonando vagamente y apacible, aspirando el aroma de sombra y el silencio con que se maduraba el crepúsculo.

Se había alejado un trecho largo, y regresaba ya al albergue, cuando la punta de un guijarro le desgarró rabiosamente la planta del pie izquierdo. El accidente se le reveló como un presagio, como el inequívoco signo de la próxima, de la inminente culminación de su infortunio, ya que al estar lavando el ardor de la herida con agua salada y un puñado de esponja virgen, vislumbró a la distancia, como flotando en la cima de un acantilado, la estructura brumosa de una casa. Sin un propósito determinado, casi sin reparar en lo que hacía, se incorporó y se dirigió hacia ella. Después de llamar a la entrada principal varias veces sin recibir contestación, se coló al interior por una puerta lateral, sólo entornada, que golpeaba y golpeaba levemente impulsada por el viento, apenas impetuoso. Un resplandor intenso inundaba la enormidad de la casa. No había nadie en los corredores, ni en las habitaciones que recorrió una a una, sin vacilaciones ni apresuramientos, hasta que se halló por fin en la que, al parecer, era la sala. Crepitaba amable el fuego en el hogar y creyó escuchar, dulcificado por la lejanía, con un acento de antigüedad muy triste, un ensimismado rumoreo de grillos. Todo era tan cálido, tan bondadoso, emanaba tanta serenidad y era como tan íntimamente conocido todo, que sin sorprenderse mayor cosa, más bien como si de antemano hubiera sabido que en ese sitio lo aguardaban, descubrió, sobre la trama sigilosa de la alfombra, su nave y una botella verde con algo en su opacidad de secreto e inmemorial.

Sintiéndose liberado por fin del hábito de la pesadumbre, excitado y agradecido por la felicidad que le procuraba el tan deseado encuentro, se arrodilló, como en una ceremonia, y acarició profundamente el perfil curvado del frasco. Aspiró luego el aire liviano y generoso de la estancia y se dijo que debía poner de inmediato manos a la obra. Lo primero fue aproximar el navío a la boca de la botella, y de allí comenzó a tirar hacia adentro, con vehemente empeño y amoroso cuidado, a tirar. Al cabo de tres infructuosas tentativas, comprendió que por ese medio no lograría entrarlo jamás y se sentó a cavilar acerca del modo de realizar su propósito. Tuvo la impresión, entonces, de que los muebles adquirían un tamaño desproporcionado, desarrollando su estatura hasta caso tocar el espacio remoto del cielo raso, y de que las llamas, indóciles y fugaces a manera de espuma, se desbordaban fuera del marco ahora gigantesco de la chimenea. La alfombra misma parecía extenderse, dilatar en forma paulatina sus límites y envolverlo con suavidad en su dibujo. (Recobró fugitivamente sus juegos de la niñez, el recuerdo de cuando era tan pequeño que podía hurtarse a la vigilancia severa de sus mayores metiéndose debajo de algún estante o alguna mesa para observar qué distinto, qué extraño y sobrecogedor se mostraba el mundo desde esa perspectiva íntima, despreocupada). Entretanto las cosas, en derredor, avanzaban lentas en su crecimiento, se alejaban cada vez más de él, lo disminuían mientras él, atento de nuevo a su proyecto, discurría que había que ingresar las partes una a una y volver a armar cuando estuviesen todas incluidas. Afanosa, esforzadamente desarmó y fue numerando fragmentos. Al terminar esta absorbente labor, sin perder un minuto emprendió la tarea de introducir la minúscula embarcación. Y en el instante preciso en que se abismaba, mástil al hombro, en aquel universo aislado, denso, verde y transparente, advirtió, con un terrible sobresalto, la llegada de un figura descomunal de lacios cabellos claros, que cantaba y cantaba, que enfebrecida, insoportablemente cantaba, y que al ver la botella en el suelo frente a las partes dispersas (él, colérico, aterrado, se aporreaba contra las enérgicas paredes de vidrio para llamar la atención de la mujer), con un movimiento rápido y resuelto la cogió por el cuello y, sin sospechar siquiera que hubiese alguien dentro, la arrojó al mar a través de la ventana abierta.


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Fecha de actualización: 13/05/05. Todos los derechos reservados © 2005
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