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Taller Literario de Motivación a la Escritura |
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...”al encontrarme con mi estilo personal aprendí a escribir con el alma”. Carmen Simón De la imaginación a la palabra El oficio de la escritura se da en mí como un acto
vital, digamos, involuntario, irremediable, como el respirar. Yo no escribo
pensando en coincidir con la literatura de moda y mucho menos para ocupar un
lugar entre la intelectualidad perfumada. Tampoco escribo lo que pienso, ni ando
buscando ideas para escribir. En un momento determinado, que yo no elijo, la
idea me toma y empieza a buscar la forma de salir; es entonces cuando comienza
el proceso de desarrollo de imágenes en mi interior y el despliegue de las
percepciones sensoriales para aparecer, posteriormente, en forma de narración. En mi escritura no existe la planificación y mucho
menos un trazado de técnicas a utilizar. No necesito aplicar la voluntad para
lograr temas, sino contar con mucho tiempo de ocio, de lecturas, de observación,
de introspección, de disponibilidad para ser absorbida por los sentidos, para
dar luagr a desplazamientos imaginarios, a un estado especial del espíritu, que
naturalmente hará que las ideas se acerquen, me tomen, como ya dije. Recibo las
imágenes y las sensaciones y eso es lo que escribo. Es posible que un académico,
un literato, pueda llegar a escribir, pero definitivamente no pienso que un
escritor deba tener esa formación para poder escribir. Entonces podríamos
preguntarnos ¿cómo se forma un escritor? La respuesta es muy simple, aunque el
proceso es complejo y largo: leyendo, ejercitando la escritura y permitiendo que
emerja el estilo personal. Este último punto es esencial. El estilo personal no
es algo que se adquiere, sino que se trae dentro y sólo hay que dejarlo que
emerja. Si logramos esta emersión seremos naturalmente originales e
independientes. El escritor necesita, también, del maestro como orientador,
pero nunca como un modelo a seguir, a imitar, porque solamente sería su clon,
que puede ser muy bueno, pero al fin y al cabo, tan sólo un clon. El inicio formal de mi escritura se da gracias al
maestro y escritor mexicano, Agustín Monsreal, quien me impulsó a escribir en
forma y a descubrir el mundo maravilloso del cuento. En ese entonces yo vivía
en Mérida y él durante un año estuvo yendo un fin de semana cada mes a
ofrecer su taller literario. Unos años después y ya instalada en Santiago de
Querétaro tuve la suerte de que llegara a mis manos la novela de Mario Levrero,
La ciudad, que me causó un terremoto interno. Mi suerte iba en aumento y
pude establecer contacto con él por Internet. Con gran incredulidad de recibir
una respuesta, le escribí, justo además el día de su cumpleaños, contándole
mis impresiones de la lectura. Él sencillamente me respondió que ese mensaje
era el mejor regalo que había recibido. Nos hicimos amigos y, después de leer
algunos de mis trabajos, me ofreció una beca para cursar su taller literario en
modo virtual, ya que él radicaba en Montevideo. Después de seis meses, uno de
los resultados de ese taller fue la publicación de mi libro, No puedo decir
noche, ya que hasta entonces yo me había resistido a publicar si no contaba
con un material de calidad. Y digo uno de los resultados, porque el fundamental
fue el encuentro con mi estilo personal que me llevó a escribir con el alma.
Mario Levrero, pues, me enseñó a escribir con el alma. Unos meses después, haciendo caso de sus propias
percepciones, Levrero me invitó generosamente a viajar a Montevideo, para
entrenarme como tallerista, a través del método de motivación a la escritura
creado por él. Estuve seis semanas metida en su casa trabajando día y noche.
Además de las extraordinarias y maratónicas charlas que me dio de manera
exclusiva para ser tallerista, me hizo participar durante ese tiempo en las tres
sesiones semanales de hasta cuatro y cinco horas cada una de su taller
presencial, además de darme a leer una buena cantidad de libros, entre ellos y
de su autoría, La novela luminosa, su último libro escrito, en ese
entonces aún inédito. Puedo decir que lejos de agobiarme o de sentirme
desfallecer, algo mágico me sucedió: plena recibía diariamente las primeras
luces de la mañana y era entonces cuando decidía dormir un poco para recibir más,
pues quería más. En ese tiempo de vida con él aprendí a percibir, y a
reconocer lo que sentía al percibir, el mundo real, el mundo de los libros y la
dimensión onírica. Con las enseñanzas, el humor y la calidez de Mario
Levrero, esas seis semanas las recuerdo como una de las épocas más ricas y
hermosas de mi vida. Mi libro de cuentos más reciente, El mundo de lo
apagado, de próxima publicación por El estilo de mi literatura, descubierto con el tiempo y a la distancia de lo producido, lo puedo definir como esencialmente existencial, que muestra un universo interno abrazando la turbulencia y rompiendo con la centralidad. Nace en la ciudad de México (1955) dentro de una numerosa familia contrastada por republicanos españoles y libaneses. Desde muy joven trabajó varios años con don Arnaldo Orfila Reynal, incansable editor y fundador de Siglo XXI Editores, de quien recibió su mejor escuela. Decide dejar el DF en 1978 y se traslada a la ciudad de Mérida (Yucatán) como librera. En 1986 viaja al Uruguay y se queda a vivir por tres años en Montevideo; en ese tiempo se incorpora al taller de tallado en madera del maestro español José María Nieva, y ofrece clases en una escuela nocturna para obreros. Regresa a México y vuelve a Yucatán, donde se une como alumna al taller de narrativa breve del escritor yucateco Agustín Monsreal, quien la impulsa como cuentista; poco después es invitada a integrarse al taller de literatura del Centro Yucateco de Escritores, AC, para luego ser miembro de ese mismo Centro. Durante esa época publica sus cuentos en la revista local Navegaciones Zur; en la revista nacional Fronteras; en el periódico cultural Cronopio del DF, y en El Juglar, suplemento de cultura del Diario del Sureste; también participa como crítica y comentarista del Instituto de Cultura de Yucatán. Obtuvo mención honorífica en el concurso regional de cuento Juan García Ponce 1999, organizado por el gobierno del estado de Yucatán. Ya radicada en el
2000 en la ciudad de Santiago de Querétaro, se une como becaria al taller
virtual de literatura del escritor uruguayo Mario
Levrero; unos meses después, recibe otra beca para viajar a Montevideo
(Uruguay) e incorporarse al curso para talleristas literarios, también a cargo
de Levrero. Esta experiencia, dice
ella, le permitió encontrarse con “su estilo personal” y aprendió a
escribir “con el alma”. En diciembre de
ese mismo año, Ficticia, ciudad de cuentos e historias, la incluye dentro de su
antología virtual y,
posteriormente, la invita a participar como jurado en su Concurso del taller de
minificción www.ficticia.com En el 2002 es
invitada por la escritora española Julia Oxtoa, para ser publicada con motivo
del evento, Noviembre mes de la hiperbrevedad en España, en el Monográfico de
Relato Hiperbreve de la revista electrónica Literaturas.com, en el cual se
incluye, asimismo a algunas de las minificciones creadas por los alumnos de su
taller www.literaturas.com/1Hiperbreve2002CSimon.htm En el 2001 su artículo
40 años del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN, escrito
en coautoría con Feliciano Sánchez Sinencio, es incluido en el tomo VI de No puedo decir
noche es
el título de su libro de relatos publicado en julio de 2002, por el Fondo
Editorial, dentro de su colección Nueva Literatura, y Coneculta. A finales de
ese mismo año es incluida como cuentista dentro de Es fundadora y
coordinadora de Desde julio de
2004 es colaboradora permanente de la revista cultural El Petit Journal,
de circulación regional (Santiago de Querétaro, Guanajuato, León y San Miguel
Allende) como crítica y comentarista de cultura. Recientemente también ha
comenzado a colaborar con Tragaluz, de circulación nacional, dedicada a
la entrevista. En diciembre de
2004 ganó el primer lugar del Premio Queretano de Cuento organizado por
el Instituto de Cultura y Coneculta. Bajo el sello
editorial Verdehalago, en abril de 2005 aparecerá su más reciente libro de
cuentos: El mundo de lo apagado, que incluye la trilogía premiada. Regresar al inicio... La sensación de tener
dentro de mí dos corazones latiendo a toda velocidad, me obligó a abrir los
ojos sobresaltada. Giré
sobre el costado izquierdo y con el rabo del ojo miré la hora dándome cuenta
de que sólo había logrado dormitar unos minutos. Pasadas las ocho de la mañana
me rendí; era inútil intentar dormir. Salí de la cama para darme un baño; de
una silla tomé un par de toallas y me calcé las chancletas de hule. Al abrir
la puerta del dormitorio el aroma del perfume de mi madre me recordó su
presencia, lo que involuntariamente me hizo alzar las cejas y abrir grandes los
ojos, como cuando de adolescente era pescada en alguna desobediencia. Ella había
venido a pasar unos días a descansar de su asma. Contra mi costumbre de tomar un café al despertar, entré directo a bañarme.
Mis dos hijas ya se habían marchado a la escuela, así me lo mostraban las
camisetas y los calzones regados por el piso, el bolso abierto de los cosméticos,
las toallas echadas despreocupadamente al tubo oxidado de la cortina, un par de
discos sin funda sobre la cubierta de la grabadora puesta debajo del lavabo y
conectada. Sin embargo, en esta ocasión, ante el tiradero ni siquiera mascullé:
pinches cuervas güevonas, ni troné la boca; me daba igual. Sólo deseaba estar
dentro del chorro de agua caliente para apaciguarme, pues sentía que el ritmo
cardíaco aún lo marcaban las rayas blancas. Me miré en el espejo y noté que
en los párpados pesaban los tragos de alcohol y en las ojerotas las veintiséis
horas que llevaba sin dormir; apestaba a tabaco también. Pero en el brillo de
los ojos, el gozo se mostraba desvergonzadamente. Con la punta del pie y echando
hacia los lados lo que encontraba por el camino fui haciéndome espacio, hasta
llegar al tapete a la orilla de la ducha; quité las toallas mojadas y las
coloqué en el toallero; la que cargaba en el brazo la puse en el mismo tubo;
corrí la cortina y abrí la llave del agua caliente mientras me desvestía.
Un minuto después estaba dentro del agua con el chorro sobre la cara,
mientras comenzaba a reprocharme los excesos, sobre todo teniendo no sólo que
ir a la oficina al día siguiente, sino una larga e importante reunión de
trabajo a las diez y media de A Maggiani lo conocí esa misma noche; llegó junto con Augusto, quien
iba todo vestido de negro, como ahora se estila, y con María Teresa; luego se
nos unieron una atractiva rubia cincuentona de minifalda, y tres cuates más
bastante borrachos. Uno de ellos, peinado a la Elvis, ventrudo de tanto chupe y
con un ordinario vozarrón que parecía haberse tragado un micrófono, intentó
sentarse al lado mío, pero una maniobra certera de Augusto lo impidió; el otro
era un moreno flaquísimo y el tercero tenía unos ojos bien azules y el cabello
negro, negro. El lugar lograba un decorado,
digamos, a la old style. Atrás de la
carrera de la barra —que medía fácilmente
doce metros de largo—, se extendían de techo a piso y de pared a pared, tres
fenomenales anaqueles de madera, como de botica, pintados al aceite, de color
crudo y llenos de botellas de todos colores y sabores; las ventanas de vidrios
biselados eran guardadas por blancos visillos laboriosamente tejidos. La música
en vivo, no obstante las pretensiones del lugar, era mediocre y estruendosa:
baladas pop, de las que se usan para ambientar los supermercados o, quizá peor
aún, porque desafinaban los instrumentos al tiempo que la cantante daba
alaridos, mientras se le ponía la cara roja. Al poco rato de haber llegado, tal
gritería comenzaba a ponerme de malas, pero recordé a una amiga cubana que decía:
ante lo inminente relájate y goza, chica. Y, precisamente, eso hice. María Teresa era una mujer soltera dedicada a un orfanato; los cuarenta
años apenas se le notaban en las manos por unas cuantas pintas oscuras y
algunas venas dilatadas. Sin embargo, los pómulos saltados y su escasa sonrisa
daban la impresión de estar permanentemente tensa. Pero lo que más resaltaba
era la forma de controlar su tiempo y sus posesiones. Durante las horas en que
permaneció en el bar mantuvo apretada con la mano izquierda el asa del bolso
que tenía en su regazo; en esa misma mano portaba un reloj, al parecer de oro,
fuertemente ajustado a la muñeca, el cual consultaba a cada rato. Vestía
pantalones negros y un saco cruzado color castaño, que siempre mantuvo
abotonado; alrededor del cuello llevaba una mascada celeste, cuyo vértice caía
al frente ocupando el pequeño triángulo que la blusa no alcanzaba a cubrir.
Sus ojos oscuros eran profundos y buscaban con avidez comunicarse con quien
estuviera a su alcance. Maggiani procuró su cercanía y se dio a la tarea de
conquistarla; era algo así como un loco reto por poner a prueba la virginidad
de María Teresa. Pero sus lenguajes eran opuestos. Después de varias rondas de
tragos y de mayor número de intentos por abordarla, él se acercó a mí
preguntándome qué le podía decir para que ella cediera —fuera de proponerle
matrimonio. Yo, sabiendo que era inútil esa empresa, le aconsejaba una cantidad
de pendejadas cursis que nos mataban de la risa y que, por supuesto, sonaban tan
falsas que surtían el efecto contrario. Maggiani y yo llegamos al punto de
confabularnos para sonsacar a María Teresa y durante más de una hora nos
divertimos a sus costillas. Lo único que logramos fue que la pobre mujer
abandonara repentinamente el bar, sin que nosotros sintiéramos el menor
remordimiento. Augusto, con su cara de ángel de tiempo completo, nos echó con
los ojos un reproche que, simplemente, rebotó en nosotros. Los demás no se
enteraron de nada. A eso de las cuatro de la mañana, cuando el alcohol ya nos trababa la
lengua y hacía precario el equilibrio, Maggiani me dijo al oído que si no quería
una raya. Le dije que sí y entonces me preguntó si nos íbamos al baño de los
hombres o de las mujeres; mi risa detuvo un buen rato la respuesta y finalmente
acepté que fuera en el de las mujeres. Y ahí fuimos los dos. Yo entré
primero. Un fuerte olor a desodorante perfumado me recibió, junto con una larga
pared cubierta por cuatro o cinco espejos de marco barroco produciendo un efecto
multiplicador de imágenes sin fin. Revisé rápidamente que no se hallara
nadie, con la mano le hice señas a Maggiani para que entrara y a tremenda
velocidad nos metimos en uno de los privados cerrando la puerta con el pasador.
Maggiani sacó un sobrecito opaco de la bolsa interior de su saco de lana y
depositó una pequeña cantidad del polvo blanco sobre la tapa del excusado; en
un santiamén picó y formó dos rayas con el filo de una tarjeta telefónica
lamiéndolo después, y luego me ofreció un trozo de popote para que aspirara.
En ese momento oímos un taconeo y la risa de dos mujeres. A pesar de sus
kilitos de más, Maggiani se trepó de un ágil brinco sobre la orilla del
excusado agachándose ligeramente para que no sobresaliera su cabeza. Al verlo
en esa posición comencé a reírme y no podía parar; él, poniendo el dedo índice
perpendicular a sus labios acompañados del popote, me pidió silencio. Yo me
tapé la boca con las dos manos y agachaba la cabeza sobre el pecho haciendo un
esfuerzo mayúsculo para no soltar la carcajada; sentía cómo mi cara se iba
congestionado y casi no podía respirar, pero me aguanté unos cuantos minutos
hasta que las mujeres se marcharon. De inmediato Maggiani saltó al piso y me
dio el popote para que consumiera la raya; a mí la risa no me dejaba, por lo
que aspiró primero. En tanto él guardaba el resto del sobrecito para más
tarde, jalé de dos tirones mi dosis. Antes de abrir la puerta acercamos
nuestras caras hasta sentirnos la respiración, lo miré coqueta y me dio
entonces un par de besos apurados, casi como picoteando; con nuestro secreto,
bajito nos reímos los dos. La salida del baño fue una repetición de El
agua de la ducha se enfrió haciéndome volver de los recuerdos. Abrí entonces
los ojos, que se toparon con los húmedos mosaicos claros manchados por el
tiempo; cerré las llaves, me envolví en la toalla y respiré profundamente.
Consulté el reloj, eran casi las nueve y treinta; recordando la mentada reunión,
me arreglé lo más pronto que pude. Al terminar de maquillarme, por un
momentito me detuve frente al espejo y sonreí. Recordé la despedida, simple,
afectuosa: el copete de su claro y lacio cabello le caía sobre la frente
formando un cerquillo; sus mofletes pecosos me sacaron una sonrisa; solamente le
dije chau e inclinándome sobre la orilla de la cama donde aún se encontraba,
lo besé suavemente en los labios. En voz baja Maggiani sólo repitió mi nombre
y mi apellido. Bajé
corriendo las escaleras y encontré a mi madre en el comedor con su bata de tono
pastel y una taza de té en la mano; su mirada parecía clavada en el crucigrama
del periódico. Le di un apurado beso en la mejilla y, antes de que pudiera yo
dar siquiera un paso hacia la puerta, volteó a mirarme y me dijo con voz minúscula:
aún hueles a alcohol; anda al baño y haz unos buches con el enjuague de menta.
Paralizada, yo la miré detenidamente por unos instantes. Hubiera querido
marcharme sin hacer caso de sus palabras, pero en vez de eso miré el reloj que
marcaba ya las nueve con cincuenta minutos, solté mi bolso sobre la mesa y subí
rápidamente las escaleras. Entré al baño y tomé el frasco verde de enjuague
bucal que utiliza mi hija, lo destapé y me lo empiné directamente tratando de
hacer una apurada gárgara. Pero me atraganté. Comencé a sentir que se me
quemaban la garganta y la laringe; de súbito la respiración se me cortó y
empecé a asfixiarme. Con la mano izquierda me así de la orilla del lavabo e
inicié una lucha espantosa por lograr un respiro. Trataba inútilmente de jalar
aire, mientras a un ritmo ajeno a mi voluntad, mi pecho jadeaba y emitía un
silbido agudo, insistente, casi escandaloso. Un temblor en los brazos y en las
piernas me atacó y apenas pude sostenerme de pie aferrando la otra mano en el
lavabo. En ese instante, de golpe encontré mi cara en el espejo: estaba lívida,
los ojos chorreaban enormes lágrimas negras y la boca abierta, como en un
gemido, coronada por unos labios que habían olvidado el color rojo del labial,
para tornarse morados. No podía pedir ayuda, ni tampoco dar un paso;
simplemente no tenía fuerzas para reencontrar el equilibrio, las piernas pedían
rendirse y caer. No sé de qué manera, pero logré pensar en que debía llegar
a las escaleras y tirarme desde allí para que al menos me encontrara mi madre,
ella tan cerca, ella tan lejos, eran sólo ocho pasos. Al soltar una de las
manos del lavabo, con un rotundo no contestaron las piernas. Quedé de nuevo
frente al espejo y me di cuenta de que iba a morir. Ahora sí que me voy a morir
—pensé con absurda tranquilidad—, mientras ya sin compás mi pecho silbaba
débilmente. Atravesé el espejo con la mirada y vi abrirse ante mí la visión
de dos niñas jugando en una alfombra de pasto verde; árboles frondosos y
largas ramas; cielo, nubes y sol, un fulgurante sol. Luego vino la penumbra
extendiéndose como una mancha y los ojos, claudicando, se cerraban. Su voz, su
dulcísima voz diciéndome es nuestra canción y ese dedo rozando mi cintura
comenzaban a arrullarme. Un instante de luz interior insistió en que buscara
tomar aire. Respondí apenas con la poca fuerza que me quedaba y, finalmente con
la ayuda de una milagrosa arcada, entró el aire a mis pulmones. Tres o cuatro
arcadas siguieron a la convulsión del estómago provocando un vómito ridículo.
Caí lentamente al piso doblándome sobre las piernas, con las manos
entrelazadas en el centro del pecho y los ojos echando lágrimas como surtidor. Regresar al inicio... |
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